La pincelada que hace la rosa sirve también para pintar a la mujer

madame

Si hemos de creer a Henry James, y a Cynthia Ozick en su ensayo sobre el escritor, las mujeres de 1890 (que son contemporáneas a las pintadas por los impresionistas) pese a los guantes, los parasoles, las boas, los corsés, los sombreros con plumas y las faldas que rozan el suelo, tenían una vida pública sorprendentemente liberada en comparación con la de nuestras abuelas o madres de los 50. Sigue leyendo

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