La belleza como ideal de vida

La cautivadora exposición en la Fundación Juan March, William Morris y compañía: el movimiento Arts&Crafts en Gran Bretaña explora un momento histórico extraordinariamente complejo estéticamente hablando.

Y lo hace a través de la atractiva figura del polifacético William Morris (1834-1896), ensayista, poeta, artesano y diseñador. Y es que es precisamente en la Gran Bretaña de Morris, y del siglo XIX, cuando se implanta la Revolución Industrial. Paralelamente, surgen excéntricos movimientos contra la máquina y contra la explotación. Morris se adscribe a estos críticos y desde su socialismo, por un lado, y con la perspectiva del movimiento Arts&Crafts (Artes y Oficios) por otro, lucha contra la injusticia y la fealdad que parecen intrínsecos a la producción industrial. Su plan consiste en superar la contraposición entre el trabajo y el arte oponiéndoles la deseable unidad de lo bello, lo útil y lo justo.

Uno de los proyectos de Morris que mejor cristaliza esta aspiración es la compañía que fundó en 1875, Morris & Co., dedicada a las artes decorativas y a la arquitectura de interiores. Los inauditos papeles pintados, vidrieras u objetos que atesora esta exposición dan fe de lo lejos que llegó en la materialización de este ideal. De forma que podemos experimentar cómo aquellos “hombres ricos en virtud estudiando la belleza en la paz de sus hogares” podían arreglar el mundo desde esta rara resistencia íntima que Morris alentaba con sus diseños.

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También podemos apreciar en esta gran exposición cómo, en el terreno más restringido del arte propiamente dicho, tampoco cuajaba el ideario de la Hermandad Prerrafaelita (a la que Morris también apoyaba) frente a los maestros franceses contemporáneos. Porque, no nos engañemos, ni la sofisticación de los productos de Morris & Co. resultan habituales hoy en nuestras casas, ni los pintores Dante Gabriel Rossetti o Edward Burne-Jones con su propósito de convertirse en nuevos primitivos (herederos de aquellos humildes artistas medievales anteriores a Rafael) fueron ni la mitad de influyentes en el arte moderno que los franceses Manet, Monet o Renoir.

Pero aunque este universo victoriano resultara demasiado contradictorio para sobrevivir frente al poderoso nuevo mundo tecnológico e industrial que se impuso, no deja de resultar fascinante como alternativa. Una alternativa que ha quedado encapsulada en un puñado de piezas que no necesitan explicación, que agradan porque son bellas.

Así que hay que profesar una especial filosofía de la proximidad para mirar, como hacía Morris, “estéticamente” la rama de un manzano del jardín, por ejemplo. Entendiendo lo estético como una forma de percibir a través de la sensación. Finalmente esta exposición atrae irresistiblemente porque permite apreciar en qué medida es capaz Morris de trasladar esa valiosa sensación de calma que experimentamos ante la naturaleza a un estampado o a un jarrón. Tal vez la vida sea más sencilla de lo que creemos y la belleza juegue un papel más importante del que actualmente le concedemos. Saber verla en los gestos cotidianos del artesano, del masajista o del panadero y considerarlos oficios sabios es el legado de Morris y compañía.

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