Comienza la acción

La última sala de la magnífica exposición Los fauves. Pasión por el color explica la manera en que los fauvistas abandonan el movimiento y continuan, cada uno a su manera, la senda de la vanguardia. Antes de introducirnos en ella, en la antesala, se cuenta la historia de algunas incorporaciónes al cuerpo inicial compuesto por: Matisse, Derain, Vlaminck, Marquet o Manguin.
Esta segunda oleada de conversos a la enfermedad de la percepción que consiste en estimular los conos (receptores del color) y atenuar los bastoncillos (células fotosensibles a la luminosidad y, por tanto, a la percepción del volúmen expresado en claros y oscuros) incluye a Friesz y van Dongen pero sobre todo contiene piezas de Braque y Dufy. Esta es la mejor sala de la exposición, un mundo de inteligencia, concordia y placer que nos conduce hacia los extraños caminos que adoptarán posteriormente los fauves: cubismo, expresionismo y Matisse. Sobre todo nos prepara para la revisión de Matisse, el comúnmente reconocido como el mejor de los fauvistas, el que tuvo la carrera más larga y exitosa, con permiso, tal vez de Braque. (Aunque Braque nunca llegó a plantar batalla, como sí hizo Matisse al final de su carrera, contra el extremadamente peligroso Picasso). Pues bien la impresión es que Matisse sale aquí bastante malparado.

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Henri Matisse, Marguerite, 1907

Así, mientras el resto de los fauves salen alegremente al encuentro de la vanguardia, Matisse recula preocupado como se ve en el monísimo retrato de su hija Marguerite  (un cuadro que Picasso intercambió con el maestro y que figura en la colección del malagueño). Matisse se entrega aquí al esteticismo; su deseo de alcanzar la grandeza le lleva a la exploración de su lenguaje más personal y a equiparar esa autoconciencia del propio estilo con la esencia del arte. Se conecta así con el gusto de la época pero se separa del espíritu de los tiempos.

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Georges Braque, Le port de l’Estaque, 1906 (detalle)

Braque, por el contrario, engancha con la acción, con la vida (la existencia frente a la esencia) que, en términos vanguardistas, consiste en abrazar esa materia informe que se ofrece a la percepción y que ni el lenguaje, el estilo o el arte mismo pueden atrapar. Para llegar al cubismo, Braque tiene que abandonar la via fauvista, para la que estaba especialmente bien dotado (como se ve en el detalle de Le port de l’Estaque, 1906), y resignarse al balbuciente ensayo cubista (Paysage de Provence, 1907). Tiene que abrazar esa enfermedad de la visión que fue el fauvismo y seguir arrastrándose por la senda no narcisista de la vanguardia. ¡Pobre Braque! qué mal lo debió pasar, mientras Matisse engordaba ahíto de celebridad.

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Georges Braque, Paysage de Provence, 1907

Lo que perdura en Matisse es la idea de que la vida es estilo y que la forma y el gusto son lo importante dentro y fuera de la pintura. Pero, como dice Ozick de la novela: “Esa es la célebre mentira con que la estética ha nutrido a los siglos. La vida no es estilo, sino lo que hacemos: Actos. Y lo mismo vale para la literatura.” De lo contrario, continúa la ensayista: “las vasijas áticas serían nuestras únicas mentoras.” Es decir, la literatura no existiría. Pero para un pintor como Braque, que sí considera a las vasijas áticas sus mentoras, la decisión de apostar por los actos resulta mucho más dura aún.

Aquí el texto que escribí para Metrópoli:

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Maurice Vlaminck, Restaurant de la Machine à Bougival, 1905

Toda pintura se realiza con unos medios sorprendentemente estrechos (tela, pinceles, colores). En el Renacimiento, con herramientas tan primitivas, los pintores idearon un sistema, para enfrentarse a la representación de la naturaleza. Esa maquinación se llamó perspectiva y, durante siglos, se impuso como la única manera de percibir el espacio y de lograr que no fuera experimentado, como hasta entonces, como algo caótico e informe. El enorme éxito de la perspectiva fue el del gran arte de la pintura, de modo que hasta finales del siglo XIX no hubo necesidad, ni ganas, de atacar el sistema. Con la llegada del impresionismo no surgió estrictamente la idea de desbaratarlo pero, tal vez influenciados por el arte japonés que no conocía la perspectiva, estos artistas comenzaron a explorar las posibilidades de algunos de esos medios simples de la pintura como la pincelada y el color para construir el espacio pictórico. Así, los fauves, un grupo de apenas 12 miembros (Matisse, Derain, Vlaminck, Marquet, Dufy, Braque, Rouault…), que trabajaron durante un periodo de apenas 2 años, y que llevaron hasta sus últimas consecuencias esas exploraciones, iniciaron el camino de la vanguardia, esta sí, empeñada en acabar con la perspectiva como medio de representación natural y absolutamente privilegiado.

La exposición Los fauves. Pasión por el color, la más completa de cuantas se han realizado en España, nos permite colocarnos en el lugar del público de 1905, que estaba aún conmocionado por el impresionismo, y que consideró a estos artistas como unos salvajes (fauves significa fieras). Y es que, sin escribir ningún tratado, estos fauves inventaron una nueva pintura por el radical método de separar el color de uno de sus atributos principales, el claro-oscuro, que es la manera que tiene la perspectiva de indicar de dónde viene la luz y cómo se representa el volumen. Por eso, sin fuente de luz, sin luces y sombras coherentes, en definitiva, sin impresión de volumen que separara las figuras del fondo, el público estaba horrorizado. La naturaleza se volvía fea y plana, un caos de líneas de contorno rellenas de colores planos salidos directamente del tubo. Colores puros que no se encontraban en la naturaleza. ¡Los troncos no son rojos ni la tierra amarillo limón!. Esta lucha contra las convenciones se experimenta de manera aún más clara cuando los artistas realizan la misma vista o se autorretratan mutuamente. Entonces Dufy resulta más osado que Marquet o Derain que Matisse…

Finalmente, esta increíble exposición ofrece la posibilidad de ver el mundo con ojos nuevos. Y si, gracias a Los fauves, logramos colocarnos unas gafas para asombrarnos como las gentes de 1905, estaremos preparados para detectar los cambios que la pintura vanguardista va a realizar trabajosamente para ayudarnos a comprender la artificialidad de la perspectiva y lo restrictiva que puede resultar como medio de abordar un mundo tan rico y cambiante como el actual.

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