Las exposiciones de Miguel Ángel Barba (galería Rafael Pérez Hernando) y Natalia Bazowska (Blanca Soto), en el festival Apertura Madrid, proporcionan un excelente ejemplo de un cambio de paradigma en el arte actual. Ambos artistas, pero también otros, como el veterano Tony Oursler (Moisés Pérez de Albéniz) o el Torres García (Guillermo de Osma) de otro siglo, abandonan las prácticas modernistas para trabajar en terrenos híbridos tradicionalmente denostados por el arte de vanguardia.

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Natalia Barzowska, Balance (Balans), 40x50cm, 2016

Así, Bazowska presenta en External Memory un “bosque” donde la artista vivó unos años y que, en la actualidad, está siendo talado. Materialmente, muestra un vídeo compartido en red (existe un código que, capturado con un teléfono, permite descargárselo) y una serie de cuadros de pequeño formato. Lo raro es que Bazowska renuncia a ver el bosque como un paisaje, como un espacio natural con unos atributos visuales determinados, para abordarlo desde varios puntos de vista. Por ejemplo, no veta su conocimiento subjetivo del lugar y por eso, en el vídeo, nunca vemos una perspectiva que nos permita adivinar cómo de grande es o si está en un valle o en una montaña… La cámara a menudo adopta la visión de la protagonista y vemos sus manos o pies desnudos que nos guían. Igualmente, en los cuadros ni siquiera hay árboles: el bosque aparece como un espacio metafísico donde se desarrollan acciones humanas (unos personajes vestidos de negro parecen disfrutarlo), animales o meteorológicas (percibimos nubes, sopla el viento). En este sentido, este no-paisaje recuerda a los enigmáticos rostros proyectados de Oursler, que son algo más que retratos. Son híbridos, redes de información, que es necesario pensar como cuasi-objetos, más allá de las categorías de natural/artificial o humano/no humano.

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Miguel Ángel Barba, sin título, 157x225cm, 2015

Igualmente, Barba en su serie de cuadros de gran formato parece rendir homenaje a muchas prácticas repetitivas, tradicionalmente femeninas, como tejer, conectar cables en una centralita telefónica o limpiar código de programación eliminando pequeños símbolos sobrantes. También pueden ser vistos como estampados hechos a mano o formas de meditación. Barba se centra en el soporte, como si quisiera fabricar un lienzo, una urdimbre ordenada donde el cuadro pueda suceder. Lo curioso es que no hay cuadro más allá de esta urdimbre que tampoco presenta un patrón interesante o variaciones con gracia. Así que podemos suponer que Barba renuncia a la tarea de producir una obra de arte moderna como un paisaje, un bodegón o un abstracto geométrico. Acumula signos, uno al lado del otro, en espera de que constituyan imágenes de no-pintor (especializado). Algo así como el cuadro que pintaría una diseñadora de sábanas (mediante topos de colores), un escritor (con letras ¡claro!), un fontanero (usando gotas de agua), un fan de David Bowie (que vería ojos de dos colores)…

Estas acumulaciones o ejércitos de signos, como las esculturas-juguete de Torres García, el bosque de Barzowska o los rostros de Oursler resultan no obstante muy fáciles de ver porque permanecen ajenos a las extrañas prohibiciones modernistas de no mezclar competencias y de hacer un arte alejado del “mundanal ruido”.

Aquí una entrevista al artista en siete cuadros. Creo que Barba está magnífico aquí y siempre.

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