Hiroshi Sugimoto presenta en Black Box un recorrido por cinco de sus series fotográficas más conocidas: Cines, Campos de relámpagos, Dioramas, Retratos y Paisajes marinos. Las fotografías, de un blanco blanquísimo y un negro apabullante, son de gran formato y revelan un virtuosismo técnico desfasado por su búsqueda de la perfección desacomplejada y la belleza que acongoja.

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En este sentido, si nos fijamos en el problema técnico de la representación de la luz, Sugimoto prepara en cada serie una ingeniosa trampa conceptual para capturarla. En Cines, por ejemplo, mantiene el obturador abierto durante toda la proyección de forma que la blancura de la pantalla resulta extrañamente inmaculada. Sabemos que durante la proyección esa luz se ha visto alterada por las sombras de actores y objetos que pasaban y por eso nuestra cabeza las buscan pero los ojos no las encuentran.

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En Campos de relámpagos, por el contrario, el tiempo de exposición no resulta relevante frente a la intensidad del fogonazo pero, paradójicamente otra vez, dónde se manifiesta esta cualidad es en lo negro del papel porque aparecen unas inquietantes reverberaciones oscuras.

Y, por último, los intensos brillos que emiten las perlas y las espectaculares ropas de Enrique VIII y sus mujeres (recreados en cera) revelan la imposible nitidez de lo inanimado frente a lo humano (aunque esto último esté representado por simulacros en cera).

Pero pese a tan espectaculares logros, algo nos avisa de que no estamos ante las típicas obras-planeta modernistas autosuficientes, que se bastan a sí mismas, que no necesitan explicación. Sugimoto se declara artista conceptual precisamente porque reconoce que sus fotografías generan pensamientos contaminantes (sobre la intención, el proceso de trabajo, etc.) más allá de su pura presencia e instantaneidad. Entonces las fotos del maestro acogen dos atracciones bastante alejadas entre sí: por la obra autónoma, potente, modernista, de gran belleza y técnica depurada, por un lado, y por lo contrario, la obra conceptual, siempre humilde y dependiente de interpretación, por el otro.

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Visualmente, este estatus híbrido se manifiesta en el carácter siniestro de las mismas. Las imágenes de Sugimoto resultan siniestras porque manifiestan su ambivalencia inherente, capaz de hacer circular fluidamente exigencias opuestas. Como esa Ana Bolena o los lobos de Dioramas que por parecer tan vivos resultan espantosamente muertos. O la terrorífica belleza de mares y relámpagos cuya naturaleza animada ha quedado fijada para siempre, como si negros nubarrones impidieran que penetre un rayo de sol. “No es real, no puede ser”, nos decimos ante imágenes tan prodigiosas.

 

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