En el Palacio de Velázquez, del El Retiro de Madrid ha caído, como un meteorito del espacio exterior, un legendario pintor polaco, Andrzej Wróblewski (1927-57), que nos trae pasmosos fantasmas de la guerra y del universo estalinista alimentados con toda la esperanza y la angustia que el lenguaje pictórico moderno es capaz de expresar.

Según Marta Dziewanska (una de las comisarias de la muestra junto al francés Éric de Chassey), el motor de este milagro polaco es el choque que se escenifica en sus excéntricos cuadros dobles, donde están obligados a convivir realismo y abstracción, cada uno en un lado de la pintura. Es como si no pudiera decidirse entre las posibilidades representativas de ambos lenguajes. Algo que la mayoría de los pintores de la década de los 50 había enfocado como una cuestión ética excluyente. Así, el realismo quedaba para el artista socialista que buscaba dar cuenta de los acontecimientos históricos (sobre todo de los horrores de la guerra) y retratar la sociedad trabajadora, mientras que la abstracción, para el formalista occidental o capitalista, era un medio más elitista de capturar la esencia de las cosas y los ideales revolucionarios. ¿Cómo unirlos y expresarlo todo: memoria y esperanza? Por ejemplo, el recuerdo de los fusilamientos de los ciudadanos polacos a manos de los soldados alemanes, pero también la salvaje ilusión en un mundo nuevo que surgía tras la victoria…

Esta es una dinámica que no sólo rige en los cuadros de doble cara, sino que impregna toda la obra de Wróblewski y se manifiesta hasta en sus piezas más realistas, como la serie de los fusilamientos, e incluso en sus obras del periodo que va de 1949 a 1955 donde abraza convencido el realismo socialista de la época estalinista. Pero incluso en esta etapa, no puede evitar utilizar lo que el formalismo le ha enseñado, una distancia, una atención a lo simbólico, incluso a la fantasía que relativiza el mensaje, lo contamina de crítica e incluye un raro toque de humor. Como si hiciera suyas las palabras de Chapling: “Mirada de cerca, la vida es una tragedia, pero vista de lejos, parece una comedia”.

Para construir lo que denomina (con su amigo Tadeusz Kantor, también artista, dramaturgo y crítico) “realismo intensificado”, Wróblewski practica una especie de ocurrencias formales o abstractas. Por ejemplo, la actitud que apoda “hacer silla” implica que la forma (de silla) contamina la función (de esperar) y los personajes, más que sentarse en sillas, parecen tener, ellos mismos, algo de asientos. Finalmente la sensación de tiempo perdido, de espera inútil, de cola borreguil, queda intensificada. A veces, son unas esquemáticas siluetas apodadas “sombras de Hiroshima” las que se fusionan con el armazón de cuatro patas y entonces la espera corrompe la esperanza y cobra un sentido universal. Como universalmente tragicómicos resultan los cuerpos de las “Composiciones nº 85 y 86” (este último, también llamado: Mujer bailando) que representan a una mujer completamente dislocada o el del caballero mutilado de “Museo, Escena de Grupo nº 987”, recalcitrantemente troceado y exhibido sobre una mesa roja como los de los icónicos peces ¡verdes! que se arraciman incomprensiblemente, algunos sin cabeza, en “Pintura sobre los horrores de la guerra”. Incluso los cuerpos celestes de “Cielo sobre las montañas” tienen algo de manufacturado, de engranaje, de arma ninja, de piruleta que no deja de violentar su grave naturaleza abstracta. Una puja entre realismo y abstracción que es un viaje al centro de la pintura moderna.

wróbleski

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