En Happenland, tratamos de responder a la pregunta de qué es el arte en positivo. Es decir, que no eludimos la cuestión bajo premisas de corte wittgenstein-duchampiano como: el arte es lo que hacen los artistas.

La respuesta que damos aquí resulta tan decepcionante como rigurosa: el arte sucede y (la factualidad, la contingencia necesaria, o en nuestra terminología) la ocurrencia respetada es su esencia. Los artistas de Happenland, fieles a este principio, trabajamos sin intención última, sin pensar si lo que se nos ocurre realizar tiene una razón para ser-así. Lo que equivale a decir que el arte (en Happenland al menos) existe sin pensarlo.

Y eso resulta raro porque estamos acostumbrados a que, por ejemplo, al observar un ciprés llameante de Van Gogh, esos contornos ondulados nos planteen un misterio que tiene que ver con la intención última de Van Gogh, sus alucinaciones, su imaginación… Pero si viajamos a Provenza y nos alojamos en alguna casita de la región nos toparemos con unos populares cristales esmerilados de forma que, al mirar a su través, los contornos se ven tan ondulados como los del holandés. Esto no resuelve el misterio de por qué pintó los cipreses vistos a través de esos cristales y no del natural. Pero si Van Gogh estuviera exponiendo en Happenland, diríamos que respetó una ocurrencia y que esos cipreses son visualizaciones respetadas o, en otras palabras, que imaginó ese paisaje con cipreses ya pintado (porque su paleta y su pincelada eran adecuadas a la imagen pastosa que ofrece el paisaje a través del cristal de este tipo) y lo pintó sin rechistar, sin preguntarse por su significado. Lo que nos llevaría a nuestra definición de arte: “Esos cipreses acontecen en la ocurrencia” sin la coletilla: “para Van Gogh”. Es decir, “para el pensamiento o el genio de Van Gogh”. Acontecen, como algo que, de tan obvio, se resiste a la interpretación (incluida la del propio Van Gogh).

Todo esto contado más filosóficamente equivaldría a afirmar que el sentido verdadero del enunciado: En Happenland, “la ocurrencia respetada es arte”, (o del más contundente “En Happenland, el arte es (en) la ocurrencia respetada”), su sentido literal, debe ser pensado como su sentido más profundo. De modo que la actitud justa frente al problema de la interpretación ronda más el “¿Entonces no era más que esto…?” que un desvalido “He de encontrar sin falta algo profundo o sardónico en estas piezas”.

Así la sátira de Marlon de Azambuja, Jorge Diezma y Juan Ugalde, a la que ellos mismos se exponen en tanto que artistas productores, podría ser que tratase sobre utopías de modernidad, la pintura o la vanidad, pero su sentido último es sencillo: se trata de demostrar con gracia líquida que ciertas cosas no merecen la pena. Nos llevan a pensar en el tiempo perdido.

Por su parte, Almudena Baeza, Eva Davidova, Cliff Evans y Marina Zurkow parecen preguntarse sensatamente: ¿podría haber tenido más eficacia este material en caso de haber empleado otro medio? Así que para ellas, lo que importa es la facultad organizadora o creadora-inventora de géneros. La imagen es sólo un patrón de ordenamiento de formas fusionadas (plásticas, narrativas, sonoras… y cada una portadora de la fuerza emotiva de su medio) conviviendo en una especie de contenido cuarto impropio.

Mientras que Heleno Bernardi, Elena Blasco y Meredith Drum buscan igualmente la eficacia del material, decir con menos, con metáforas más rápidas, como joviales juegos de palabras elaborados con material plástico.

Pero el espectador podría también hacer un ejercicio de literatura comparada y buscar formas y maneras europeas frente a otras más americanas. Y deducir, por ejemplo, que existen distintos usos del presente…Por ejemplo, seguir un gerundio que va avanzando poderosamente como el punto de cruz en la tela (Baeza, Diezma, Evans). O más bien gozar del pequeño futuro que anida en el inmediato pasado de todo presente que ahora es y que se conjuga, más bien, en infinitivo. Como calar, romper, meter la mano en un agujero al borde del mar (Ugalde, Drum, Davidova,). Y saltar, por qué no, sobre el modo subjuntivo y notar la brisilla del imprevisible pasado que este presente no tendrá más remedio que pasar a ser, como el rayo de luz que facilitará que la mosca se active en el cuarto tras la siesta (Azambuja, Bernardi, Blasco, Zurkow).

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